¿Qué significa hacer propia la oscuridad? Identificarla y no escapar de ella, consumirla hasta el cansancio, hasta que no dé miedo. Si los ojos, después de un rato, se acostumbran a la oscuridad, el hastío de buscar la luz al final del pasillo se constituye como un problema. Se pueden ver formas en la noche. Formas propias que funcionan como representaciones de nuestros movimientos y acciones. Como las sombras.
Las sombras son un reflejo de nosotrxs mismxs. Quizás de nuestras partes que menos nos enorgullecen, pero nuestras al fin. ¿Se pueden pensar esas sombras como un otro? ¿Un otro que hay que entender o destruir? En el abismo de la noche propia se da una deformación de lo que somos, principalmente física: desde la voz irreconocible, con un eco cada vez más lejano a lo que conocemos, hasta figuras que maximizan el suelo sobre el que nos paramos.
Y entonces, ¿qué le hacemos a esas distorsiones? Yo no sé, pero Nenagenix las abraza, las cobija, las canta y les da un lugar de ser. En “Pulso” se escucha:
Quiero abrir un agujero
Marcar la X en tu pecho
Meterme en tus costillas
Para mirarte desde adentro
Es muy consciente de la necesidad de entender esas falencias en los cuerpos que no se reconocen como propios. La búsqueda de autocomprensión se ve inexorablemente conectada a una lucha interna con la oscuridad. Hay un doble juego constante en las canciones de Nenagenix, que nunca terminan de definir quién es ese otro del cual hablan. Justamente, esa indeterminación refuerza el efecto de desdoblamiento de la voz: hablar de un otro demonizado e infractor sirve para dar una dimensión de complejidad a la construcción propia. Así lo explicaba Maurice Blanchot en obras como El espacio literario o La conversación infinita: reflexionó sobre la escritura como un acto que desborda a quien escribe. Sostenía que la voz parece dirigirse a un otro, pero en realidad vuelve transformada, como un eco extraño que nos habla desde afuera. En ese movimiento, el lenguaje pierde su dominio y se convierte en algo que ya no pertenece enteramente al autor.
Para él, hablar o escribir nunca es un acto transparente. La palabra, en el mismo momento en que se pronuncia, deja de pertenecer a quien la emite y adquiere una autonomía inquietante. Uno cree que se dirige a un otro, pero lo que vuelve es un eco extraño, una resonancia que ya no se puede controlar ni apropiar. Ese desdoblamiento convierte al lenguaje en un espacio de extrañeza: la voz ya no es del todo propia, ni del todo ajena. Es como si el acto de decir abriera un intervalo, un lugar donde el yo se pierde en lo que enuncia. En ese sentido, Blanchot entendía la literatura como una experiencia límite: no sólo comunicar algo, sino enfrentarse a la disolución de la identidad en el mismo gesto de hablar.
En una segunda instancia, Nenagenix edifica su identidad también en habitar la noche y el abismo, dejarse estar y caer, ver hacia dónde lleva la incertidumbre. Hay un valor particular en la banda al saber usar la oscuridad como motor primero. No busca respuestas ni consuelo en ella: la reconoce y la respeta.
Sobre estos pilares también escribió Blanchot. Distinguía entre la noche común, la del sueño y el descanso, y una segunda noche, más radical, donde el lenguaje se quiebra y nos enfrentamos a lo desconocido. Esa experiencia oscura no debía entenderse como algo ajeno, sino como parte esencial de la condición humana. A su vez, pensaba el abismo y la caída como una forma de acercarse a lo imposible. Para él, no se trataba de condena sino de apertura: abandonarse al vértigo implicaba aceptar una experiencia límite, un contacto con aquello que excede toda medida. En esa entrega encontraba una posibilidad de transformación.
Sobre estas tres columnas se construye Nenagenix: rebeldía y una necesidad de poner una lupa en nuestras costillas, en lo que no queremos ver, en lo que intentamos esconder y evadir. Hasta que entendemos que es una realidad inherente a nosotrxs mismxs y que es necesario transitarla para crecer. La banda reflexiona sobre los límites a los que nos podemos enfrentar en el arduo camino de amar, odiar, abandonar y retomar. Audaces e irreverentes, le cantan a las sombras y a las voces que no podemos callar. Y en ese acto, nos recuerdan que enfrentar lo oscuro no es una elección: es la única forma de saber quiénes somos realmente.

