Mac Miller es un artista extraño. Venerado y cuestionado por partes iguales, logró construir una carrera exitosa al igual que un legado duradero. Pero ¿qué es lo que hace a Mac Miller un artista perdurable en el tiempo? Bueno, es una historia larga y hay que arrancar por el principio. Malcolm James McCormick nació el 19 de enero de 1992 en Pittsburgh, Pensilvania. Hijo de una fotógrafa y un arquitecto, creció en un hogar judío y desde chico estuvo rodeado de música: aprendió de manera autodidacta a tocar guitarra, batería, piano y bajo, lo que le dio una base musical amplia que luego trasladó al rap. En la adolescencia empezó a rapear bajo el nombre de EZ Mac y a grabar sus primeras mixtapes, que lo convirtieron en una figura prometedora dentro de la escena local. A los 15 años tomó la decisión de dedicarse de lleno a la música, dejando de lado otros intereses juveniles para concentrarse en su estilo. Su mixtape K.I.D.S. (2010) lo proyectó más allá de Pittsburgh y lo conectó con un público joven en todo Estados Unidos. Ese impulso lo llevó, apenas un año después, a publicar Blue Slide Park (2011), su primer álbum de estudio, que debutó en el número uno del Billboard 200, un logro inusual para un artista independiente y que lo consolidó como uno de los nombres más prometedores del rap de la década.
Su estilo posterior tomó un giro inesperado. Se alejó del sonido juvenil y jovial que lo había caracterizado hasta ese momento para experimentar con el jazz y la psicodelia. Incluso creó proyectos alternativos, como Larry Fisherman, que le permitieron explorar con mayor libertad su faceta de productor. En Watching Movies with the Sound Off (2013) se consolidó esa madurez artística que Mac buscaba: un disco introspectivo, filoso, en el que no tuvo miedo de arriesgar y destapar su costado más vulnerable. Con GO:OD AM (2015) encontró un punto medio entre la accesibilidad de sus primeros trabajos, inocentes y divertidos, y la personalidad más compleja del disco anterior.
Con The Divine Feminine (2016) llega un verdadero punto de inflexión. Es, probablemente, su disco más logrado. No solo a nivel sonoro, donde se anima a experimentar con el soul, el funk y el jazz con una naturalidad sorprendente, sino también en la complejidad de las letras, que alcanzan una conceptualización que había comenzado con Watching Movies… pero se eleva aquí a otro plano. Este álbum es una carta de amor al amor mismo, en su estado más puro. Y puro no significa idealizado, sino completo: con sus contradicciones, sus grises y sus tensiones. El amor romántico dialoga constantemente con el amor como algo elemental, vital, casi cósmico.
Conceptualmente, este disco plantea al amor como salvación, como un acto de entrega que excede a la otra persona. En el amor hay trascendencia porque supone apertura, vulnerabilidad y sacrificio. Si entendemos la trascendencia como la perduración en un otro, el amor lo es en sí mismo, por su naturaleza de entrega y compromiso. Mac Miller despliega el amor en tres dimensiones: la sensualidad y el deseo en lo corporal; la vulnerabilidad en lo emocional; y la conexión universal en lo espiritual. Estos tres factores componen el concepto de amor que atraviesa el disco.
Hay una dimensión humana en Mac Miller que recorre toda su carrera pero se consolida en este álbum: la vulnerabilidad. Nunca fue un artista al que le diera miedo mostrarse débil o dubitativo. En este punto, su alejamiento del ego como regulador de sus acciones aparece como una decisión liberadora. Es el amor el que ordena su caos. No desde la ingenuidad, sino desde la honestidad.
Me he parado incontables veces a pensar a qué se debe el reconocimiento artístico de Mac Miller y creo que la respuesta está en esa honestidad. Desde un primer momento, dejó claro qué tipo de artista quería ser, qué quería comunicar y a quién quería hablarle. Fue sincero con sus adicciones, sus amores, sus demonios y angustias. No temió mostrarse vulnerable, siempre con la intención de ser honesto consigo mismo. Jamás quiso demostrar tener razón, sino dejar constancia de sus luchas internas, aunque no tuvieran una respuesta fija. Y más allá de sus inquietudes personales, su vigencia estuvo ligada a un contexto en el que las vulnerabilidades no tenían suficiente representación. Para la juventud, tener un artista capaz de mostrarse así de errático y frágil resultaba una forma de alivio.
Mac Miller murió trágicamente el 7 de septiembre de 2018, por una sobredosis accidental. Ese mismo año había lanzado Swimming, considerado por el público y la crítica como su obra más lograda. Su búsqueda artística siguió encarrilada en la lucha interna y la introspección, incluso en su disco póstumo Circles.
He sido subjetivo en mi lectura de Miller, pero es un artista que me marcó más de lo que hubiera pensado. Su valor radica, principalmente, en su honestidad. Una honestidad que abrió un camino nuevo para una generación huérfana de discursos claros y reales sobre sentimientos y angustias. Mac Miller quedará como un artista que convirtió la vulnerabilidad en una fuerza estética, vital y colectiva. Y en esa fragilidad transformada en música radica su eternidad.

