Los vampiros son uno de los seres más retratados por la cultura pop a lo largo de la historia. Cada relato que los contiene está encarnado por identidades distintas; sin embargo, hay ciertos rasgos universales y atemporales que los sostienen. Seres oscuros, inmortales, consumidos por su propia sombra. Solitarios, con su vida pendiendo de otras almas. Almas que poseen algo que ellos no: la luz. En el vampiro existe una tensión constante entre la claridad y la penumbra, donde habita una oscuridad interna y externa que solo puede sostenerse a través de la luz. Esa contradicción abre una paradoja: una balanza metafórica que necesita mantenerse equilibrada para que su vida sin fin pueda continuar. Los vampiros, en definitiva, son seres solitarios que necesitan de los otros para subsistir, que encuentran en la presencia de otros la medida de su propia existencia, aunque nunca puedan poseerla por completo.
Buenos Vampiros es una banda formada en Mar del Plata en 2017. Desde sus primeros shows en la escena independiente de la ciudad, fueron construyendo un sonido que mezcla guitarras brillantes, sintetizadores envolventes y bases rítmicas bailables, cercano al post-punk y al indie pop, pero siempre atravesado por un pulso oscuro. Su debut discográfico, Paranormal (2018), ya dejaba entrever esa tensión entre fiesta y melancolía, pero fue con Destruya! (2021) cuando lograron un lugar más visible en la escena alternativa argentina, girando por distintas ciudades y consolidando un público fiel. Musicalmente, Buenos Vampiros se mueve en un terreno ambiguo: las guitarras y baterías invitan al movimiento, mientras que las voces cargadas de eco transmiten un aire espectral, como si cada canción fuese un baile entre vivos y fantasmas. La influencia del post-punk británico de los ochenta convive con una sensibilidad pop más contemporánea, que los acerca a otras bandas argentinas de su generación como El Mató a un Policía Motorizado o Las Ligas Menores, aunque siempre con un costado más sombrío y nocturno. En ese contraste radica buena parte de su atractivo: canciones que suenan festivas en la superficie, pero que arrastran una melancolía persistente en su núcleo.
Esta dualidad ha sido analizada y retratada por diversos pensadores, entre ellos Slavoj Žižek. En su lectura, el vampiro no es solamente un monstruo del terror gótico o un símbolo romántico, sino la metáfora de un deseo desbordado, insaciable, que no conoce límite ni clausura. A diferencia del ser humano, que organiza su existencia en torno a la falta —deseando lo que no tiene—, el vampiro encarna un goce que nunca se satisface y que, lejos de agotarse, se repite indefinidamente. El acto de beber sangre se convierte en imagen de esa pulsión que nunca alcanza un final, que insiste una y otra vez, generando una lógica del exceso. Lo perturbador del vampiro, para Žižek, no está tanto en su monstruosidad física como en esa dimensión de lo ilimitado: un ser que no busca llenar un vacío, sino prolongar sin cesar el acto mismo de gozar. Allí se revela su costado más inquietante: el vampiro como espejo de nuestros deseos cuando se liberan de toda norma y medida.
Buenos Vampiros juegan justamente con esta idea del goce ilimitado. Ilimitado no solo por avaricia, sino también por necesidad. Es algo incontrolable, contra lo que es imposible luchar. Se necesita para vivir. El vampiro aparece entonces no como un simple depredador, sino como un ser consumido por su propia oscuridad, una víctima de aquello que lo define. Un personaje que atropella y se aprovecha incluso de lo que alguna vez amó. Sus deseos incontrolables forman parte constitutiva de su identidad. Esa urgencia vital no anula la capacidad de sentir, pero sí le impide resolver como lo haría un ser humano: no quedan rastros de razonamiento capaz de trazar fronteras claras entre necesidad, culpa, deseo y aprovechamiento.
Por eso, Buenos Vampiros construye ambientes sonoros festivos y bailables, aunque siempre se percibe en ellos una sombra que corroe la alegría. Ese ánimo propio de la fiesta sostiene, pero nunca alivia. En las letras el contraste se hace más evidente: cargadas de nostalgia, melancolía y angustia, dibujan relatos de deseos imposibles, de escenas que atraviesan la mirada de una criatura inmortal, siempre presente pero incapaz de mostrarse por completo. La música se convierte así en un ritual, un espacio donde el exceso de vida y la incapacidad de saciarse se vuelven tangibles, donde la energía colectiva convive con la soledad interna de cada alma.
En conclusión, Buenos Vampiros comparte con Žižek la intuición del vampiro como figura del exceso, pero ofrece una lectura propia. Una que transforma al monstruo en un ser condenado a su soledad inmortal, cargado de culpa y deseo, incapaz de escapar de la sombra que lo define. En esa condena se reconoce también una verdad más amplia: que la juventud y la fiesta, aun cuando se celebran en comunidad, pueden llevar dentro una herida secreta. Una herida que arde en la penumbra y que, como todo lo vampírico, insiste en volver. Y así, como el vampiro que danza eternamente entre la luz que no posee y la oscuridad que lo devora, la música de Buenos Vampiros nos recuerda que el deseo, la nostalgia y la vitalidad nunca se disuelven del todo: permanecen, persistentes, en cada acorde, en cada sombra, en cada gesto de vida que busca perpetuarse más allá de sí misma.

