Lux es el último disco publicado por la artista catalana Rosalía. Se trata de un trabajo largamente esperado y, sin embargo, sorprendente por su construcción estética. Aunque presenta una clara disonancia contextual respecto de su anterior álbum de larga duración (Motomami), esa distancia no resulta ajena a su discografía: Rosalía ha sabido reinventarse disco a disco, explorando mundos sonoros diversos con una entrega que combina riesgo, disciplina y una búsqueda artística genuina. En Motomami, su aproximación a lo que suele denominarse música urbana se sostenía en una sólida preproducción conceptual. En Lux, esa lógica se profundiza.
El disco llama la atención desde el inicio por su particular producción, capaz de desarrollar un estilo propio dentro de las estructuras formales de la música clásica, un terreno con jerarquías rígidas y tradiciones difíciles de interpelar sin caer en el gesto vacío. Rosalía consigue intervenirlas con respeto, creatividad y justificación estética. Desde el primer corte se posiciona en un cruce entre la tradición clásica y la producción digital contemporánea, habilitando nuevas formas de escuchar y comprender la jerarquía sonora, los procesos compositivos y las lógicas conceptuales del género. Este gesto refresca un repertorio que para muchos oyentes resultaba lejano, y al mismo tiempo abre la puerta a que nuevas generaciones se acerquen a lenguajes que, por distancia histórica o falta de curiosidad, les resultaban ajenos.
El eje conceptual del disco es Dios. No la religión ni la institucionalización de lo divino, sino la figura de Dios como presencia y como problema.En LUX, Dios no es una figura ni un dogma, sino una presencia luminosa que ordena la interioridad y permite habitar el mundo con sentido. El disco reflexiona sobre cómo se articula esa dimensión espiritual en una experiencia individual situada en el mundo terrenal. A partir de ello, Rosalía separa conceptualmente a Dios como categoría teórica para luego traducirla a su propia sensibilidad. El resultado es un diálogo casi directo entre la artista y una instancia absoluta; una suerte de relectura personal de la voluntad divina y de lo que significa, para un individuo, convivir con ella en relación con la sociedad y con los estímulos que la atraviesan.
La concepción del mundo aparece en todo el disco como una experiencia inevitable. Rosalía se instala como alguien que existe en el mundo, que vive, respira y percibe lo divino en lo cotidiano. Encuentra luz en lo común, en lo comunitario y en la vivencia compartida. Esta relación habilita un puente entre lo terrenal y la idea de iluminación: ciertas corrientes teológicas entienden a Dios como una presencia que habilita la paz, el compromiso y la responsabilidad con el prójimo. Esto se vuelve palpable en el disco como sensibilidad y como ética.
Rosalía parece reencontrarse de forma casi primitiva con la advertencia de la inmensidad del mundo y de todo lo que este contiene. Su vínculo con lo divino suena íntimo, genuino, incluso emotivo. No busca descifrar lo que oculta el cielo: se preocupa más por entender el amor mundano. Esa preocupación no aparece como miedo, sino como un proceso de estabilización espiritual. En esa construcción, Lux dialoga directamente con la razón poética de María Zambrano, una forma de conocimiento que trabaja sobre lo que no se deja capturar del todo: revelación, iluminación, aparición. Para Zambrano, lo divino es un horizonte de sentido que se manifiesta en la luz. En Claros del bosque, la luz es aquello que permite la aparición del ser; no un brillo decorativo, sino el momento en que algo se vuelve visible. Desde esta perspectiva, Rosalía compone una identidad móvil, performativa, que encuentra en lo divino un espejo y una forma de legitimación interior. En Zambrano, Dios es menos figura que presencia; una estructura de sentido que permite habitar el mundo. Esta visión coincide con la espiritualidad de Lux: una espiritualidad sin dogma, que organiza la experiencia y reordena las heridas.
Rosalía logra condensar esa duda interior y convertir la búsqueda espiritual en una construcción trascendental madura, consciente de sus contradicciones e inquietudes. Tal como afirma Zambrano, en tiempos de crisis histórica se reabre la pregunta por lo sagrado: no como retorno religioso, sino como búsqueda de sentido. Lux puede leerse precisamente así: un gesto de reapertura simbólica. Lo sagrado funciona como lenguaje, como matriz que habilita una sensibilidad nueva. Una religiosidad contemporánea que no pretende dogma, sino intensidad, atención y disponibilidad interior; la espiritualidad propia de la razón poética.
LUX no busca verdades ni liturgias: propone una espiritualidad íntima que convierte la incertidumbre en posibilidad. Es una oda a una nueva sensibilidad, hija de una época marcada por la incertidumbre sobre el futuro. Rosalía encuentra en Dios una posible alternativa frente a esa opacidad temporal: relee sus intenciones, moldea su propia claridad y se permite hallar goce en el presente. Habita el mundo con sus contradicciones sin renunciar a una profundidad humana que busca comprender y amar.

