Atrás hay truenos: El amor no salvará

Coire es el último disco de estudio de la banda Atrás Hay Truenos. Desde su título se abren varias capas conceptuales que dialogan entre sí de manera sugestiva. El origen de la palabra viene del gaélico escocés y su traducción literal es caldero o cazo. En el lenguaje de la geografía de montaña, un coire es una depresión o hueco en la ladera, formado por la acción de los glaciares, que suele dar lugar a un anfiteatro natural. En paralelo, el latín le otorga otro sentido: coire significa juntarse, unirse. Dos definiciones que parecen contradecirse —el aislamiento del hueco glaciar frente a la compañía del encuentro humano— y que, sin embargo, terminan complementándose como ejes de lectura del disco.

Esa tensión entre soledad y compañía atraviesa toda la obra. El anfiteatro natural es, por un lado, un espacio aislado, congelado, detenido en el tiempo. La acepción latina, en cambio, convoca la idea de comunidad, de afecto, de vínculo. El álbum trabaja justamente sobre esa dualidad: ¿en qué momentos la soledad se vuelve refugio o condena? ¿En qué situaciones el encuentro con otrxs es salvación o límite? Atrás Hay Truenos se sirve del amor como motor para pensar esas contradicciones, y lo hace sin sentimentalismo fácil, construyendo un relato progresivo en el que el protagonista transforma su mirada sobre sí mismo y sobre los demás.

El recorrido narrativo queda claro al escuchar el disco de principio a fin. En los primeros temas se percibe una fe ciega en el amor como salvación de la soledad, una ilusión de completitud que se logra únicamente a través de la presencia del otrx. Canciones como Ciego refuerzan esta idea: la pareja aparece como guía, como sostén, como dirección frente a la incapacidad de decidir o construir por sí mismo. Es la metáfora de un obrero del amor: no hay búsqueda fuera de ese mundo compartido, solo trabajo paciente en el vínculo como única forma de redención.

Pero hacia 0800 la trama se quiebra. Algo se corrompe en ese universo idealizado. El tono se enrarece, la voz transmite hastío y cansancio. El mundo construido en compañía se siente clausurado, repetitivo, incapaz de ofrecer nuevos estímulos. Lo que antes era salvación ahora es encierro. El protagonista vuelve a perderse, vuelve a sentirse solo, pero esta vez con un sabor amargo: ni siquiera el otrx, desaparecido o ausente, puede ya funcionar como sostén.

En Señuelo aparece de manera más nítida la conexión con el nombre del disco. El frío del acero, la sensación de una cerca que limita los movimientos, evocan ese coire como anfiteatro glaciar: un paisaje bello pero cercado, donde el refugio se transforma en prisión. Lo que antes se vivía como compañía y redención, ahora es aislamiento, clausura. Ahí el disco logra uno de sus puntos más altos, porque no solo propone una imagen visual potente, sino que también la traduce musicalmente: guitarras cargadas de reverb que generan amplitud y distancia, sintetizadores que refuerzan el clima helado y una percusión contenida que da la sensación de estar avanzando en círculos. La producción, fiel al pulso kraut y atmosférico característico de Atrás Hay Truenos, sostiene ese contraste entre la inmensidad sonora y la clausura emocional.

En este punto resulta iluminador traer a Zygmunt Bauman. Sociólogo y filósofo polaco, Bauman analizó la “modernidad líquida”, un tiempo marcado por la fragilidad, la inestabilidad y la dificultad de sostener proyectos a largo plazo. En ese marco desarrolló la noción de “amor líquido”: vínculos que prometen refugio y pertenencia, pero que en realidad se vuelven precarios, consumibles, atravesados por la lógica de lo efímero. El amor, más que un ancla sólida, se convierte en un terreno movedizo, siempre a punto de disolverse. La paradoja que plantea Bauman coincide con la que habita en Coire: buscamos en el otrx una salvación, pero a menudo quedamos atrapados en un vínculo que nos limita o que se deshace con facilidad.

El cierre del disco, con Desierto, Posguerra y Promesas, resuelve el trayecto en clave de aceptación. La narrativa deja atrás el frío, el hielo, la inmovilidad: el clima empieza a despejarse, hay calor, hay luz. No se trata de una resolución idílica ni de un triunfo absoluto del amor, sino de un renacer en el hastío, de una ruptura con la falsa dualidad entre soledad y compañía. Lo que queda es la necesidad de volver a empezar, de cabalgar otra vez con el deseo, sin certezas pero con la experiencia del recorrido a cuestas.

En definitiva, Coire es un disco que se atreve a discutir el amor sin endiosarlo. Lo presenta como un campo de tensiones humanas, demasiado humanas: refugio y prisión, compañía y límite, calor y frío. En lugar de caer en atajos líricos o melodramáticos, Atrás Hay Truenos elige un abordaje conceptual, paciente, que da lugar a matices. Musicalmente, sostiene ese pulso con capas atmosféricas, texturas kraut, guitarras expansivas y sintetizadores que abren y cierran espacios, reforzando la sensación de estar en un terreno movedizo. Lo que se escucha es un diálogo entre sonido y concepto, donde el amor no aparece como un absoluto divino, sino como una experiencia contradictoria que puede doler y acompañar, quebrar y satisfacer, todo al mismo tiempo.