Camionero y la repetición del tiempo

En sintonía con Hannie Schaft, he encontrado varias similitudes en la construcción de universo con la banda Camionero, integrada por Joan Manuel Pardo y Santiago Luis en guitarra y batería respectivamente. Sin embargo, el proyecto se arma y desarrolla a partir de muchas más voces; trasciende el formato instrumental básico. Camionero se edifica desde una filosofía mucho más amplia que la meramente musical. Desde el nombre mismo del grupo se abren múltiples aristas, dejando marcadas distintas banderas. Camionero despliega una mirada que no se agota en componer temas: genera sentido, identidad y gesto.

A simple vista, pensamos al camionero como una figura solitaria, una persona de ruta que habita el cemento con la mirada fija en el horizonte. Pocas pausas, muchas horas al volante. Sin embargo, en esa soledad permanente suele esconderse una vida cargada de historias que solo el camino y los encuentros pueden brindar. No revelo nada nuevo si digo que el concepto de “camionero” está profundamente vinculado al tiempo: ya sea cuánto falta para llegar, cuánto transcurrió o cuánto resta para el próximo viaje. Y con el tiempo aparece el desgaste, fruto de trayectos infinitos, luces que asoman al final del asfalto o los mismos recorridos repetidos una y otra vez.

Desde una lectura superficial, se cree que repetir implica hacer exactamente lo mismo, sin variaciones. Sin embargo, diversas corrientes de pensamiento discuten esa idea. Por ejemplo, para Gilles Deleuze, repetir no es simplemente reiterar. Es darle otra vuelta, buscar una forma distinta, aunque parezca similar.

Gilles Deleuze (1925–1995) fue un filósofo francés del siglo XX. En uno de sus libros más influyentes, Diferencia y repetición (1968), critica la manera en que la filosofía occidental tradicionalmente entendió el concepto de reiteración. En general, se pensaba que repetir era volver a lo idéntico. Por ejemplo, si ejecutás una acción o decís una frase otra vez, se supone que estás replicando exactamente lo anterior. Pero Deleuze sostiene que esa visión es limitada y que, en verdad, no existe repetición sin variación.

Su propuesta es la siguiente: cada vez que algo se repite, nunca es idéntico, aunque lo parezca. Siempre hay una transformación, una modificación, una diferencia. Esa alteración puede ser mínima, casi imperceptible, pero existe. Porque no solo cambia el entorno: cambia quien repite, lo que se repite, el contexto y el significado. Entonces, repetir no es copiar, sino producir algo nuevo. Deleuze entiende la repetición como una fuerza creativa. No es algo negativo (una trampa, un error o una rutina sin escape), sino todo lo contrario: reiterar es una forma de mutar, de insistir, de resistir y de devenir otra cosa. A veces, solo a través de la repetición se logra una transformación real.

Además, para él, el pensamiento mismo opera así: no se trata de identificar lo que permanece igual, sino de percibir las diferencias, los matices, las pequeñas alteraciones que hacen emerger algo distinto. Por eso, su filosofía se opone a las estructuras rígidas o categorías fijas, y apuesta por el movimiento, los flujos, los procesos.

Esta idea atraviesa con fuerza su disco de 2023, Todo lo sólido se desvanece en el aire. En “Loop dorado”, donde da la impresión de una conversación plana, sin matices ni giros, empiezan a delinearse pequeñas ondulaciones a medida que la canción avanza, en las texturas propias de la composición y la interpretación de la banda. Aunque el diálogo retorne siempre a la misma conclusión, las formas, los tiempos, los silencios y los espacios no son iguales. Y lo más importante: el tiempo sigue su curso.

La repetición tiene la trampa de hacernos sentir que el tiempo se detiene, que si los destinos son siempre los mismos, no hay verdadera trayectoria. Todo queda estático. Esta problemática atraviesa todo el disco. Se alude constantemente al agotamiento, al deseo de transformación. En “Guerrero Atípico”, cantan:
“El hastío que te mordió la vida /
Hoy me desangra en rito de adoración /
Si acabará en la cruz /
Y una triste música se va a quedar /
Clavada en este lugar”.
Es decir, hay una urgencia por escapar de esa sensación de inmovilidad, donde todo estímulo parece congelado.

Por otro lado, “La distancia” ocupa un rol completamente diferente: actúa como un personaje en una película donde la separación y el cambio irrumpen, aunque se intente negarlo.
“A veces veo tu sombra volver /
Y estiro la mano en la oscuridad /
Como si nada hubiera cambiado”.
Pero las cosas ya no son las mismas. La distancia implica tiempo recorrido, paisajes que se transforman. Más allá de que uno repita una y otra vez la misma ruta, los rostros alrededor son otros, las luces también, y nosotros mismos cambiamos. No hay dos momentos idénticos. Jamás.

Para cerrar esta idea, creo que Camionero tiene la sensibilidad y la intención de ser una banda que habita y confronta sus contradicciones respecto al tiempo. Asume el paso inevitable del mismo, pero sin exigir que cada experiencia represente una evolución visible o un quiebre. Considero que el final del disco refuerza precisamente esa noción: el desgaste frente a la dificultad de percibir los cambios en lo cíclico, la búsqueda constante de señales que confirmen que fuimos, somos y seremos otras personas a lo largo de bucles infinitos. Con heridas abiertas, melodías tristes que permanecerán clavadas en ciertos sitios, y ese impulso de dejar de fumar… pero será el trayecto —la memoria de la ruta— lo que nos transforme. No el destino.