El Nota y la cultura ordinaria

La cultura es ordinaria. Sencilla y accesible. Encargada de retratar los pormenores de una época, con sus características y peculiaridades. Su función es darle diálogo y profundidad a lo que la gente sufre y a lo que ama. Sin embargo, hubo un momento en que empezaron a construirse lecturas distintas de la cultura y de sus emisarios. Surgió así la figura del artista como un ser iluminado, habitando un limbo despegado de la vida común, que recibe destellos divinos de comprensión y que, con su arte, viene a iluminar a los “mortales” que presencian sus dones. Pero la cultura, en realidad, es ordinaria: grotesca, contradictoria, desprolija, como cada unx de nosotrxs.

Hoy vivimos en un mundo donde muchxs artistas parecen más despegadxs de esa raíz cotidiana. Y eso hace difícil encontrar voces que tengan la capacidad de leer su propia época. Leer no significa hacer un discurso partidario ni escribir canciones de protesta, sino captar cómo se viven fenómenos colectivos e individuales en un momento determinado. El amor, la depresión o la soledad no se narran igual en todas las épocas.

En ese contexto aparece El Nota. Un artista que construyó su identidad desde la sencillez y la humanidad. Lo que escribe y cómo se muestra lo convierten en un retratista de los síntomas de los últimos años. Es crudo, real y honesto. No se viste con la máscara del rockstar inalcanzable, sino que habla desde sus vivencias, con sus contradicciones y grises. No se coloca por encima de los demás, sino que refleja amor y dolor como cualquiera de nosotrxs.

Ahí está su talento: ser un artista que entiende la cultura como algo ordinario y real, en el sentido que le dio Raymond Williams (1921–1988), pensador galés, crítico literario y novelista, considerado uno de los padres de los Cultural Studies. Nacido en una familia obrera en el pueblo de Pandy, Williams nunca vio la cultura como un lujo para pocos, sino como algo que atraviesa la vida de todos los días. Lo dijo en un texto célebre de 1958: “culture is ordinary”. Con esa idea quiso romper con la división entre “alta cultura” y “cultura popular”, mostrando que lo verdaderamente cultural está en las prácticas comunes: en cómo hablamos, en la música que compartimos, en los juegos, en los rituales familiares, en el barrio. Para él, lo ordinario no era mediocre, sino vital. Lo extraordinario surge justamente de ahí: de las experiencias compartidas, de las palabras y sonidos que cada generación encuentra para expresar su tiempo.

El Nota retoma esa idea y la vuelve propia. En sus canciones lo ordinario se muestra como espejo de lo que somos: fatiga, cansancio, una juventud sin certezas de futuro y con pocas posibilidades a mano. En ese presente marcado por la precariedad, lo inmediato gana fuerza. Sus letras expresan esa tensión entre el dejarse ir y la resistencia en el otrx, entre la inestabilidad emocional y la búsqueda de algún refugio en los vínculos. Una oda a la vulnerabilidad, reconocible en gran parte de nuestra generación.

Ese pulso se escucha con claridad en su último disco, Subidos al Pony. Allí refuerza su manera de narrar el presente: canciones que hablan de lo que cuesta sostenerse, de la fragilidad de los vínculos y de la necesidad de agarrarse a lo que haya, aunque sea precario o efímero. El título mismo funciona como metáfora: subirse al pony no es montar un caballo de batalla ni un corcel triunfal, sino aceptar la modestia del andar, la humildad de lo que toca. El disco se mueve entre la crudeza y una especie de ternura despojada, mostrando cómo en la inestabilidad también puede haber resistencia y belleza.Por eso creo que El Nota encarna el recambio artístico de una década a otra. Toma la esencia de los artistas más alternativos y reales de los 2010, pero con una nueva lectura de nuestros conflictos internos y de las tensiones externas que los producen. Su canción “El francés” lo sintetiza: “Almas que no responden más / a los nuevos sonidos de este nuevo planeta”. Esa imagen resume el clima de época: discursos vacíos, realidades frágiles, almas incapaces de responder. En ese escenario, El Nota aparece como una voz necesaria para esta generación, devolviendo la palabra a lo que muchxs vivimos en silencio