Ilan Amores y el mito del santo pecador

Ilan Amores logra tener una de las carreras musicales más complejas del momento, ya sea en su etapa acompañado o solista. Su paso por los Argies hasta su reinvención con Chico Chico hicieron que la confluencia de estilos, no meramente musicales sino filosóficos de cómo hacer música, sumado a que influencias éticas, sociales y culturales se ven interconectadas al mismo tiempo, permitió que en la cosmovisión de los géneros musicales, el punk y la cumbia ya no se piensen tan lejos uno de otro.

Su historia condice bastante con sus influencias y su forma de entender la música, la religión y las raíces latinoamericanas. De festivales antifascistas por Europa hasta las peñas del Boty, marcan un claro distintivo en Ilan, en su inconformidad y en su disonante lectura de las ambiciones y deseos.

Ya hablando precisamente de la música, hoy vamos a hablar de su último disco hasta la fecha, Caballo Negro. Principalmente, creo que es uno de los discos que mejor sintetiza la idea de Ilan no solo como músico, sino también como artista y albañil de su propio universo lleno de sufridos, santos, amantes y pecadores. Para desarrollar este análisis, tomaremos la teoría de Simone Weil y Rodolfo Kusch.

Simone Weil (1909–1943) fue una filósofa, mística y activista francesa. De origen judío, pero profundamente marcada por el cristianismo, vivió una vida muy austera, comprometida con los trabajadores, los pobres y el sufrimiento humano. Murió joven, con apenas 34 años, por desnutrición durante la Segunda Guerra Mundial. Destacó por sus ideas del sufrimiento como método de acceso a lo sagrado; no es algo que haya que evitar o demonizar, sino que hay que permitirse habitarlo. En esta misma línea, ella considera que para llegar a la verdad, uno tiene que vaciarse de sí mismo. Entregarse y renunciar a la idea de intentar controlar, entender o poseer, concepto que llama desposesión. Y solo cuando uno se vacía, puede aparecer la gracia —que no se gana ni se produce, simplemente cae. Por último, es muy interesante la concepción de Weil de Dios, ya que habla sobre un ser omnipotente que se destaca por sufrir por los olvidados y marginados, un ser que se deja atravesar por el dolor del mundo. Es decir, la idea de entrega y desposesión no es solo una entrega de amor mundana, sino también hacia Dios.

Por el lado de Rodolfo Kusch, fue un filósofo argentino, antropólogo, dramaturgo y docente. Se dedicó a pensar el continente desde América misma, no desde Europa. Vivió muchos años en Bolivia y el norte argentino, y ahí encontró una clave central para su pensamiento: la sabiduría ancestral y popular andina. A diferencia de muchos intelectuales de su tiempo, no idealiza Europa ni la modernidad. Decía que América no se entiende desde la razón, sino desde lo mítico, lo simbólico, lo telúrico.
Uno de los conceptos más potentes de su pensamiento es la oposición entre el “yo pienso” europeo y el “yo siendo” americano. Mientras el pensamiento occidental —iniciado por Descartes— afirma que el ser humano existe en tanto piensa, como una conciencia racional, aislada y universal, Kusch propone que en América Latina se vive desde el estar siendo: una existencia encarnada, contradictoria, enraizada en el mito, la fe, el dolor y la comunidad. No se trata de entender el mundo para dominarlo, sino de habitarlo y resistirlo. El yo siendo no necesita pensarse para afirmarse: simplemente está, arraigado en su tierra, en sus creencias y en su experiencia popular. En este sentido, su filosofía es una reivindicación de lo telúrico, lo ancestral y lo marginal como formas válidas y profundas de conocimiento.

Él planteaba en el imaginario de América Latina la inexistencia de un ser racional enajenado del misticismo, el dolor, la fe y la desdicha, sino más bien, un ser capaz y habitado en sus contradicciones, pasiones y pecados, lejos de intentar controlarlo o callarlo. En adición, esto se ve reflejado en la noción de pensamiento popular, el cual se rige sobre mitos, creencias y vivencias como máximas ante las cuales se rinde expresión y respeto. La religión y el misticismo no se ven reflejados en un Dios lejano y remoto al cual se lo piensa desde la iglesia y sus mandatos, sino que se ven manifestados en las costumbres populares y en sus propios santos y ángeles caídos, cercanos y palpables en su marginalidad y cotidianidad.

Ahora, pensando todo esto en el disco, se evidencia desde varias aristas. Partiendo de la base del nombre del disco, Caballo Negro, si buscamos su simbolismo, se habla de un ser oscuro y pecador, entregado a la desdicha, sacrificado pero a su vez de santidad. Desde el vamos, el disco es consciente desde dónde se para y a quién le rinde culto. Es un álbum profundamente religioso pero no en lo que normativamente entendemos como religión occidental católica.

La figura de Dios y la oración, la redención y la entrega aparecen en las canciones desde varios lugares, pero en una autoconcepción muy distinta a la europea. Justamente como planteaba Kusch, no se intenta bajar a tierra conceptos o racionalidades, más bien habitar enteramente nuestras desgracias y alegrías de forma consciente.
Desde la forma de amar que plantea Ilan, entregado y desposesivo, hasta su propia forma de reflexionar sobre su accionar en la vida, queda en evidencia que el Dios de Caballo Negro está lejos de ser el de la religión católica.

Se dialoga constantemente en el disco sobre el mal y el bien, más habitado el mal, pero no desde una condena social verticalista, sino con la autoconciencia de la necesidad de conocerlo y saber sufrirlo. Las desgracias se hacen propias y son imprescindibles para entregarse a una nueva forma de ascender.

Considero profundamente interesante y comprometida la visión de Ilan sobre las raíces propias y cómo son necesarias para entender de dónde venimos y hacia dónde vamos. Al final, nuestra historia, nuestra religión y nuestra manera de concebir el mundo no es europea. Ilan Amores construye su propio mito de santo pecador bailando aunque duela.