El tiempo viene siendo un tema recurrente en las últimas publicaciones, ya que, de una forma u otra, los artistas sobre los que hablamos mantienen un vínculo con él desde distintas cosmovisiones. Esto permite generar análisis desde perspectivas únicas, que amplían el panorama y nos invitan a entender el tiempo como una construcción personal e interna.
La música de Jero Jones no es la excepción: es un artista que dialoga con el tiempo de una forma muy particular, no solo desde la lírica de sus canciones, sino también desde la composición musical. Plantea un mundo donde la música disco ochentosa se entrelaza con componentes digitales desarrollados tiempo después. No hay una delimitación clara de dónde empieza una cosa y termina la otra; se trata más bien de una mixtura total, donde se aprovechan las ventajas de ambos mundos, sin límites ni reglas a seguir.
Esta mezcla, al elegir texturas y elementos sonoros del pasado, presente y futuro con rebeldía y soltura, atraviesa toda su discografía y trasciende lo meramente musical. Aparece como la construcción de un universo sonoro alternativo, una ficción sónica donde las líneas que moldean al tiempo se disuelven: confluyen, chocan y se desarman.
Ahora bien, esta idea de “ficción sónica” no es nueva: fue planteada por Kodwo Eshun, pensador, ensayista y artista británico nacido en 1967, de origen ghanés. Es conocido por su enfoque radical y creativo sobre la música, el tiempo y la cultura. Su obra más influyente es More Brilliant Than the Sun: Adventures in Sonic Fiction (1998), un libro que rompió con los moldes de la crítica musical tradicional para proponer una nueva forma de pensar y escribir sobre música: no como mero reflejo social, sino como una máquina productora de futuros, sensaciones y mundos posibles.
El concepto de ficción sónica permite pensar la música no como representación de algo externo, sino como producción de mundos. A través del ritmo, las texturas, los samples y los efectos, ciertos géneros —especialmente la electrónica, el hip hop, el dub o el ambient— crean narrativas sin palabras que activan la imaginación, alteran la percepción del tiempo y nos sumergen en realidades alternativas. En lugar de contar una historia de forma explícita, la música genera atmósferas y sensaciones que funcionan como paisajes mentales: nos hacen viajar, anticipar futuros o revivir pasados que no existieron. Para Eshun, artistas como Sun Ra, Drexciya o George Clinton no solo hacen canciones: producen ficciones sónicas, mundos paralelos que se habitan con los oídos. En ese sentido, la música no representa el futuro: lo construye, lo hace audible antes de que exista. Esta idea permite leer la obra de Jero Jones desde otra perspectiva, entendiéndola como una arquitectura emocional del tiempo, donde el sonido mismo es la narrativa.
Con todo esto dicho, Jero Jones tiene la sensibilidad para construir una ficción desde el sonido, donde el universo se rige por límites poco definidos. Los elementos musicales buscan generar un ambiente donde la narrativa está guiada por múltiples factores más allá de lo cantado.
Tiene una particular habilidad para elegir cuidadosamente las texturas desde donde construye su relato. La disposición y articulación de los elementos revelan un talento especial: hacer que los sonidos hablen, que transmitan emociones claras y cuenten una historia. ¿Y qué dicen? En ese ir y venir entre lo analógico y lo digital, emerge algo que interrumpe y deja ver su complejidad.
El sonido de Jero Jones habla del tiempo: de su incomprensibilidad, de su imposibilidad de ser aceptado del todo. Retazos del pasado aparecen en futuros que aún no existen, visiones del futuro irrumpen en un presente ya pasado pero no asimilado. Mezclar y crear una ficción sonora sin límites temporales le da a su obra una gran verosimilitud narrativa. Justamente en ese vaivén de futuro y pasado sonoro se perciben las grietas del tiempo: lo que no curó, lo que falta por curar, lo que no se puede olvidar, lo que se olvidará y lo que deseamos recordar.
A su vez, como mencioné antes, si bien la novela sonora es lo que edifica su universo, las letras de Jero Jones tienen una fuerza notable. Sus canciones discuten constantemente en qué vereda pararse respecto al tiempo. Por momentos lo perdonan y lo dejan ir, como en “¡Cambio, Cambio!”, donde canta:
“Cambio, cambio / No me venda / Lo que aterra / Está cerca. / Esta noche / Doy la vuelta / Esta noche / Doy la vuelta”.
Aquí acepta el cambio, se entrega al giro. Pero luego, en “Nostalgia”, adopta otra postura: debate el rol de la nostalgia, cómo se deja ir, pero también la imagina como algo futuro, como una promesa pendiente.
En conclusión, Jero Jones encarna la rebeldía y la impunidad necesarias para entender la música como vía de construcción de un universo atemporal, enemigo de la cronología e inmersivo desde la puerta de entrada. Donde no hay coordenadas temporales que indiquen en qué punto estamos, sino paisajes sonoros flotantes de sintetizadores y cajas de ritmos. Jero Jones deja en claro que la música no es para limitarse, sino para pensarse, discutirse y abrazar la vida como una trayectoria sin línea de tiempo marcada, donde los recuerdos de lo que fuimos se mezclan con los deseos de lo que seremos.

