Jorge Drexler y la música como ciencia

Una vez, hace muchos años, un profesor de guitarra me dijo: “La música no deja de ser una matemática: cuadrada, detallista y perfecta numéricamente”. Su frase resuena en mí hasta el día de hoy, aunque en aquel momento no me emocionó particularmente. En mi cabeza de niño existía otra idea: la música por fuera de las reglas, gravitando fuera del espacio-tiempo. Sonidos que iban y venían como si nada, encajando como hilos en agujas por arte de magia. Me enojé mucho con mi profesor porque había arruinado mi concepción divina de la música. Sin embargo, en su patio primaveral de enredaderas, comenzó a sonar en la radio Jorge Drexler. Y ahí entendí.

Jorge Drexler nació en Montevideo en 1964, en el seno de una familia atravesada por la memoria del exilio. Su padre era un médico alemán que había huido del nazismo y recaló en Uruguay, donde formó un hogar. Esa historia de desarraigo y de supervivencia, sumada al clima cultural de Montevideo, lo marcó desde temprano. Siguiendo los pasos de su padre, estudió medicina y se especializó en otorrinolaringología, oficio que ejerció con dedicación durante algunos años. Pero la música lo acompañaba desde siempre: la guitarra, las canciones de la tradición rioplatense y las influencias que llegaban de Brasil eran parte de su vida cotidiana.

Ese cruce entre ciencia y arte sería una constante en su trayectoria. Mientras atendía pacientes, escribía canciones, obsesionado con el sonido y la rima. A mediados de los noventa, cuando ya había editado algunos discos en Uruguay, un hecho inesperado cambió su destino: Joaquín Sabina lo escuchó y lo invitó a probar suerte en España. Desde entonces dejó atrás el consultorio para convertirse en uno de los cantautores más singulares de la lengua castellana.

Drexler puede analizarse desde múltiples aristas, pero hay una dimensión suya que me resulta particularmente fascinante: la importancia de la medicina en su vida. Él mismo ha contado en varias entrevistas su personalidad rigurosa y estudiosa, la que lo llevó a elegir esa carrera y, en mi opinión, la que también le permitió destacar en su forma de concebir la música.

Alguna vez escuché a Daniel Melero decir que lo más importante para ser un artista distinto era rodearse de ramas de conocimiento ajenas al arte, porque te obligan a tomar herramientas metodológicas nuevas y a trabajar tu obra desde otra perspectiva. Esa idea resuena en Drexler de manera casi involuntaria: concibe la música como una ciencia que atraviesa procesos casi quirúrgicos para su confección. Y aunque es cierto lo que me dijo mi profesor de guitarra, que la música puede ser matemática, rara vez se la trabaja con esa mirada.

Por eso creo que Drexler juega un papel extraordinario como ingeniero de canciones. Su manera de escribir tiene mucho de laboratorio y de arquitectura verbal. No es un compositor que se abandona a la inspiración: trabaja el lenguaje con precisión casi científica, como quien disecciona las sílabas, el ritmo y el sonido hasta hacerlos encajar con la música.

El método, la paciencia y la obsesión por el detalle provienen de su formación médica. En sus letras cada palabra parece estar puesta a conciencia, sin relleno. Versos breves, limpios, cargados de metáforas simples pero potentes. No abusa del ornamento: prefiere la palabra justa, ubicada en el lugar exacto, para despertar emoción. Además, juega con el ritmo de la lengua: rimas internas, aliteraciones, juegos sonoros y métricas que parecen ejercicios matemáticos. Construye canciones como si fueran puentes, equilibrando forma y contenido, estructura y emoción.

Lo interesante es que esa ingeniería nunca le quita humanidad. Al contrario: la precisión técnica es lo que le permite hablar con claridad de lo frágil, lo humano y lo cotidiano. Encuentra con facilidad las palabras o sonidos exactos para expresar emociones complejas.

Jorge Drexler es uno de los artistas latinoamericanos más importantes de las últimas décadas. Porque logra, una vez más, desarmar nuestras creencias sobre la música, darle identidad propia y distinta. Porque abre diálogos y contradicciones que redefinen sus límites, los tensan, los estiran y luego los devuelven a su lugar. Y porque, en sus detalles, hay siempre un amor enorme puesto en juego. Feliz cumpleaños, maestro.