“La vida era más corta como historia no lineal y testimonio de los otros cuerpos.” El nombre del disco que no fue. Tal vez por ser demasiado largo, poco pegadizo, poco comercial. Pero si lo diseccionamos en dos partes, aparecen los dos pilares fundamentales del tercer disco de Milo J hasta la fecha. Por un lado, un trabajo que dialoga con una dimensión personal, introspectiva donde el artista intenta resolver cuestiones de su propia cosmovisión: sus dudas, sus lecturas, su manera de concebir la vida. Por el otro, un relato que, a través de la música como vehículo, logra construir una narración consistente, compleja y real de nuestra tierra, poniendo la mirada en lo caminado, en lo heredado, en lo que otros construyeron antes.
Estas dos superficies coexisten en el disco de forma simbiótica: no existiría una sin la otra. En su costado más íntimo, Milo J consigue transformar sus inquietudes en palabras palpables. Su escritura, filosófica y arriesgada, viste la realidad de preguntas que carecen de respuesta. Y, sin embargo, esa carencia no aparece como un vacío estéril, sino como una forma de orfandad moderna: vivimos en un tiempo donde cada voz social ofrece un veredicto distinto y, entre tantas sentencias contradictorias, se vuelve imposible encontrar una guía clara que indique hacia dónde ir.
La salida que encuentra Camilo ante estas resoluciones descartables es mirar hacia atrás. Buscar en el pasado un núcleo de contención, una raíz capaz de dar paz a su presente. Allí cobra sentido la idea de “historia no lineal”: el personaje que crea para el disco no se mueve de un punto A a un punto B en busca de respuestas, sino que viaja por distintos tiempos, recurre a preguntas antiguas para iluminar sus dilemas actuales y, en ese movimiento, abre nuevas dudas. Esa concepción resuena con cierta mirada historiográfica: el estudio del pasado no sirve solo para reconstruir lo que ya fue, sino para entender dónde estamos parados y poder elaborar una lectura crítica del presente.
En las letras se refleja con claridad este estado de búsqueda, donde un adolescente intenta encontrarse y definir su identidad. En Solidifican12, por ejemplo, canta:
“Si el sol está solificándose / Y la luna vive lunizándose /
¿Por qué no humanizarme? /
Soy otra gota de un paño gigante”
El verso transmite la angustia de no sentirse pleno en la experiencia de ser humano, de percibirse como una gota más en un paño inmenso, sin rasgos que lo diferencien del resto. Algo similar aparece en Bajo de la piel:
“Tengo unos tatuajes bajo de la piel /
Que no cicatrizaron y otros se reencarnan /
No me siento propio y al ver el ocaso / Quise ir más despacio”
Aquí se pone en juego la sensación de habitar una piel ajena, como si la identidad fuese una máscara o un disfraz. No obstante, la búsqueda de respuestas no se limita a la palabra: está concentrada en la música. Milo J se vuelca a los géneros autóctonos del litoral de la Argentina y de América Latina, como si en ellos pudiera hallar claves de su identidad. Con respeto y amor, mira hacia atrás para intentar comprender de dónde viene. Y lo hace de un modo que excede lo meramente estético u ornamental: no es un simple homenaje, sino una intención real de rescatar sonoridades en gran parte olvidadas por su generación, readaptándolas a un contexto actual. Lo logra mediante una especie de disección [RT3] y deformación de los principales elementos teóricos de esos géneros —textura, forma, estructura, tonalidad, compás— gracias a las herramientas contemporáneas de producción, que permiten recombinar, descartar y reconstruir fragmentos sonoros casi como en un laboratorio de tiempo musical.
Es en este punto donde resulta iluminador el marco que propone Daniel Belinche, músico, docente e investigador argentino, quien ha señalado que las vanguardias del siglo XX se definieron por una voluntad de ruptura con las estructuras históricas que habían sostenido a la música occidental: tonalidad, ritmo regular, formas cerradas, melodía. Esa ruptura, sin embargo, no partió de la nada, sino que consistió en reconfigurar lo heredado. Arnold Schoenberg, al llevar la tonalidad a su extremo, abrió el camino hacia la atonalidad y el dodecafonismo; Ígor Stravinsky desfiguró ritmos folklóricos hasta volverlos irreconocibles; György Ligeti transformó la orquesta clásica en un tejido de masas sonoras, glissandi y clusters. En todos los casos se produce un gesto doble: se conserva el material histórico —el contrapunto, las danzas tradicionales, la orquesta sinfónica—, pero se lo desarma y se lo despoja de su función original para reubicarlo en un contexto completamente nuevo. Algo similar ocurre en La vida era más corta, donde Milo J reinterpreta la tradición no desde la repetición fiel, sino desde la transformación creativa.
La segunda parte del título que nunca fue, “el testimonio de los otros cuerpos”, completa este trayecto identitario. Milo J sugiere que para comprenderse a uno mismo es necesario dar lugar a las voces ajenas, tanto las cercanas como las distantes. El disco contiene canciones dedicadas a familiares, donde se tocan fibras sensibles, pero también integra a otros artistas y relatos, dando forma a una representación epocal que no se construye en soledad, sino en comunidad.
Este trabajo consagra a Milo J como uno de los artistas más significativos de su generación. No solo por la versatilidad con la que experimenta con distintos géneros, sino también porque logra condensar múltiples concepciones en
un disco hecho a los 18 años, con una madurez estética y conceptual poco común. Expone las dicotomías de un adolescente, pero encuentra salidas propias, más ligadas a la memoria y la comunidad que al individualismo. Reconoce la importancia del pasado en el presente y, en ese ida y vuelta, en esos viajes, encuentra respuestas a sus preguntas existenciales, que son las de muchos. En la ejecución, además, homenajea a la tradición musical argentina y latinoamericana con respeto y con mensaje, plantando una bandera que afirma la vida en común y se distancia de la alienación.
En definitiva, La vida era más corta marca un antes y un después en la construcción social y comunicacional de la música argentina. Es un disco ambicioso, pero al mismo tiempo humilde y consciente. Una obra que edifica la voz de un joven a partir de las voces de otros, y que invita a pensar la música no solo como expresión personal, sino como memoria compartida.

