En sintonía con Ilan Amores, se encuentra Pilar Gough. Desde el recuerdo y las raíces, es una artista nueva y joven que recuerda y canta con las voces de todas las personas antes de ella. Compone un universo claramente distinto, tanto desde su iniciativa musical como desde el lugar desde donde canta y para quién canta. En sus canciones hay una conciencia clara de pertenencia, un trabajo de memoria y un diálogo con lo ancestral que rara vez se ve en artistas emergentes.
Pilar retoma un concepto un poco olvidado en los últimos años: el uso del cuerpo como método de resistencia. La voz, entendida como una herramienta de lenguaje, permite explicar, desarrollar y defender los ideales que unx sostiene. El título del disco, Muda, expone precisamente esa idea. Sin voz, no tenemos la posibilidad de dejar en claro qué pensamos, cuáles son nuestros ideales y qué defendemos. A lo largo de todo el disco, se plantea la pérdida de la voz como una pérdida de identidad. Pero a su vez, la construcción de la identidad se edifica sobre dos pilares fundamentales.
En una primera instancia, como ya mencioné, la voz es la ruta que permite resistir hacia el afuera. Sin embargo, en Muda existe una segunda dimensión mucho más compleja: la tierra como cuerpo político. Hoy en día se ha desdibujado la noción de la tierra y la naturaleza como espacios que nos definen y que, por lo tanto, debemos defender. El vínculo espiritual de América Latina con la naturaleza, profundamente ligado a cosmovisiones indígenas y populares, se va perdiendo con el tiempo. Y es ahí donde Pilar vuelve a tender puentes.
La consciencia del lugar que ocupamos históricamente en relación con la religión, la conquista y Europa hace que Muda se atreva a explorar un mundo de espiritualismo, misticismo y ritos que se diluyen en el olvido. Pilar no construye desde la nada: se dedica a entender, abrazar y resignificar lo ya construido con respeto, valentía y amor.
La utilización de la tierra como cuerpo político permite situarse en un lugar distinto al discutir ideas. Pilar logra cantar desde un espacio donde naturaleza y cuerpo son lo mismo: se sufre por la tierra como por uno mismo, y ella canta desde esa herida compartida. La filósofa y activista india Vandana Shiva plantea algo similar: recuperar la tierra como madre, pero no en un sentido sentimental, sino como un cuerpo político que exige reciprocidad. Cuidar la tierra es también cuidarnos; dañarla es dañarnos. Shiva sostiene que la conquista europea en América y Asia no fue solo territorial, sino también epistémica: destruyó saberes locales, especialmente aquellos que vinculaban lo espiritual con lo material. El resultado fue un modelo donde la vida quedó subordinada a la lógica del control, la explotación y la acumulación.
En la misma línea, la activista y escritora estadounidense Starhawk propone una espiritualidad feminista ligada a la tierra. Para ella, la recuperación de la Diosa —figura arquetípica presente en culturas prepatriarcales— es un acto político: reinstala lo sagrado en el cuerpo, en lo cíclico y en lo instintivo. Y lo hace no como pieza de museo, sino como práctica viva. Starhawk insiste en que el ritual es una forma de acción directa: cantar, danzar, encender fuego, tocar la tierra… todo eso crea realidades nuevas. La espiritualidad no es evasión; es estrategia. En sus textos describe círculos de mujeres que cantan para recordar y transformar, como si la vibración misma pudiera abrir grietas en el orden establecido.
Muda se presenta entonces como un ejercicio de memoria afectiva. Su título sugiere silencio, pero no como vacío, sino como contención. Es el silencio de lo que no ha muerto, sino que espera. El silencio de las tradiciones orales y las canciones que sobreviven fuera del mercado: laten en la intimidad, se transmiten de cuerpo a cuerpo. Como mencioné antes, su voz no es únicamente la suya, sino que atraviesa historias, dolores y amores en partes iguales. Por eso es tan potente el título: su canto es proyección y espejo, un reflejo de lo vivido y lo heredado.
En particular, la voz de Pilar cuida cada respiración, cada agitación y repetición, y deja que la transparencia en su producción potencie la idea de que el cuerpo es la principal vía de comunicación y resistencia. En un presente donde la conexión con la tierra se debilita, su música devuelve la sensación de estar habitando un territorio que también nos habita.
En conclusión, Pilar Gough presenta uno de los proyectos artísticos más relevantes de los últimos tiempos, no solo por su valor histórico, sino por su capacidad de traer al presente una realidad propia de nuestro ser latinoamericano, una memoria que se nos escapa pero que sigue viva. Pilar canta desde lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos. Con una mano en la tierra y otra en el corazón.

